Dentro del programa Cero Reprobados, uno de los pilares fundamentales es el trabajo con los padres de familia. Creemos firmemente que la educación solo es verdaderamente transformadora cuando se construye de manera integral, y eso implica mirar más allá del aula.
En una ocasión, trabajando con un grupo de secundaria del municipio de Colón, reflexionamos sobre la importancia de reconocer para qué somos buenos. Después de realizar diversos ejercicios de autoconocimiento, dejé una tarea aparentemente sencilla: llegar a casa y preguntar a sus padres “¿para qué soy bueno?”.
De inmediato, un alumno levantó la mano y dijo con total seguridad:
—¿Para qué le pregunto, si ya sé lo que me va a decir?
Intrigada, le pregunté qué respuesta esperaba. Sin dudarlo, respondió:
—Que soy un bueno para nada.
Por un momento me quedé sin palabras. Lo único que atiné a decir fue: “No digas eso, ve y pregúntale a tu mamá.”
En la siguiente sesión pedí a los alumnos que compartieran las respuestas que habían recibido. Hubo algunas muy valiosas, llenas de amor y esperanza. Sin embargo, la mayoría me dejó un profundo sentimiento de tristeza:
—Me dijeron que soy bueno para lavar los trastes.
—Que soy buena para hacer mandados.
—Que ayudo bien en la casa.
Cuando llegué nuevamente con el alumno que había hablado en la clase anterior, le pregunté qué le había contestado su mamá. Con la misma serenidad me respondió:
—Le dije que eso me diría… y me contestó que soy un bueno para nada.
Con tristeza e indignación convoqué a los padres a una reunión. Agradecí a quienes habían participado y, con voz firme, pregunté quién había dicho esa frase. Una madre levantó la mano y, entre risas, comentó:
—Yo fui, pero fue en broma.
En ese momento comprendí que no existía conciencia del daño profundo que pueden causar las palabras. Les expliqué que cada frase que dirigimos a nuestros hijos funciona como una forma de programación para su futuro. Desde la Programación Neurolingüística, sabemos que el lenguaje moldea la percepción que una persona tiene de sí misma, influye en su autoestima y condiciona sus decisiones.
Las palabras no solo describen la realidad: la crean. Cuando un niño escucha repetidamente mensajes negativos, comienza a creerlos, a asumirlos como verdad y a actuar conforme a ellos. Por el contrario, cuando recibe palabras que reconocen sus capacidades, se fortalecen la confianza y el deseo de crecer.
Ese día los padres escucharon en silencio. Sus rostros reflejaban comprensión. Desde entonces, se ha vuelto una constante iniciar cualquier clase hablando con ellos sobre el poder del lenguaje y la enorme responsabilidad que compartimos maestros y familias.
Educar no es solo enseñar contenidos; es sembrar palabras. Palabras que construyan, que impulsen, que recuerden a cada niño y joven que es capaz, valioso y único. Porque muchas veces, basta una frase para cambiar una vida… o para detenerla.
Hoy más que nunca necesitamos padres y maestros conscientes del impacto que tienen sus palabras. Cada comentario, cada broma, cada etiqueta deja huella. Preguntémonos todos los días: ¿qué estoy sembrando en la mente y el corazón de mis hijos y alumnos?
Hagamos del lenguaje una herramienta de crecimiento, no de límite. Reconozcamos talentos, nombremos capacidades, validemos esfuerzos. Porque cuando un niño escucha que es valioso, comienza a creérselo… y cuando lo cree, empieza a construir un mejor futuro.
Educar con palabras positivas no cuesta nada, pero transforma todo.


